jueves, 1 de diciembre de 2011

Un cuento de los míos

Regalos mágicos

 






Por Alejandrina Uribe-Betancourt

@AlejandrinaUB

      

  

A mi mamá, Nubia Betancourt Montoya,

por brindarme desde niña las acuarelas

de su amado San Lorenzo de Yolombó

  


    –¡Mamá, mamá, Alberto Cristóbal me mandó un regalo!. ¡Mira qué lindo! –,dijo muy emocionada Begoña, tras recibir el obsequio que Raúl Ruiz Reyes le había llevado a su casa, haciendo de mensajero de su amado Alberto Cristóbal Vélez Betancourt.

Doña Séfora, tras ver la caja de cartulina labrada color champagne y adornada con cintas entrecruzadas de terciopelo, y en cuya tapa reposaba una orquídea lila realizada en organza, muy complacida le comentó:

    –¡Ay, mi niña, cómo se nota que Alberto Cristóbal está muy enamorado de ti!. ¡Ay, es tan divino!–,suspiró Séfora con emoción e imaginó a su hija entrando al altar de la pomposa iglesia de San Lorenzo de Yolombó, para casarse con Alberto Cristóbal en la que sería la boda del siglo en “La Tierra de la Marquesa”.

    –Mamá, me muero por ver qué me envió –,dijo Begoña mientras se disponía a abrir el paquete, pero su madre la detuvo diciéndole:

    –Begoñita mejor esperemos a que lleguen tu papá de la ganadería y tu hermanita Arantxa del colegio, para que todos seamos testigos cuando abras el obsequio, y así celebraremos este acontecimiento que seguramente es el preámbulo de la petición de tu mano. Además, a tu papá le encantará estar presente para cuando abras el obsequio y no dudes que luego invitará a Alberto Cristóbal, para que nos acompañe en la próxima feria ganadera de Medellín, adonde como siempre tu padre llevará sus insuperables toros de lidia.

     –Tienes razón, mamá –,contestó Begoña, y tratando de contener la curiosidad colocó el regalo sobre la mesa de caoba del imponente comedor. En ese instante ambas mujeres notaron que la caja de mediano tamaño se movía sola, dando unos extraños salticos, y a la vez, emitía un raro sonido, como si se tratase del ronquido de un felino. Begoña muy sorprendida preguntó:

     –¡Mami!, ¿notaste que la caja se mueve? ¿Qué será lo que me compró Alberto?

     –Tranquila, niña, seguramente es algo muy especial –,dijo doña Séfora Iribarren de Echavarría, mientras cautelosamente se acercaba a la caja y, poniéndose sus lentes de gruesos vidrios, la analizó con aire filosofal, y vio que no paraba de moverse de un lado a otro, elevándose unos pocos centímetros sobre la pulida madera del comedor. Séfora trataba de imaginar el contenido del obsequio, entonces una idea pasó por su mente y rápidamente le comentó a su hija:

       –¡Ya sé, Begoñita! De seguro es un arlequín de cuerda, esos muñecos siempre saltan de las cajas, aunque éste en vez de cara de payaso debe de tenerla de gato, porque le escucho un ronquido igualito al de tu gato Panchito –,dijo, tratando de calmar la curiosidad de su hija, pero seguía imaginando qué sería ese regalo. Entonces otra cosa se le ocurrió:

      –A lo mejor es un sofisticado reloj de cuerda, de esos que hacen en Suiza, y es tan exótico, que en vez de anunciar la hora con un cucú, lo hace con un rounch rounch. Porque los suizos hablan francés y ese idioma es medio ronquito. 

Mientras las dos mujeres observaban el regalo, en la sala, el reloj de pared indicaba que eran las cuatro de la tarde y faltaban dos horas para que el papá de Begoña, don Aitor Heriberto Echavarría Mondragón, llegara de su ganadería, donde estaba seleccionando los ejemplares de lidia para la próxima temporada taurina de Medellín.   

     –A lo mejor es un soldadito con uniforme inglés tocando un tambor, y como Alberto Cristóbal sabe que adoro ese tipo de muñecos, de seguro me lo compró en su último viaje a la capital. ¡Ay, qué tierno es él! –,decía Begoña tras un largo suspiro, mientras que un brillo ingenuo saltaba alegremente en sus pupilas de aceituna.

En la casa las manecillas del reloj parecían moverse con caprichosa lentitud, las dos mujeres no sabían qué hacer para calmar sus ansias, hasta la cocinera y la muchacha del servicio se asomaban por momentos al comedor para ver “el regalo mágico” que tenía vida propia y se movía feliz de un lado a otro en la gran mesa de caoba. Madre e hija esperaban impacientes la llegada de don Aitor, ya la pequeña Arantxa había retornado de sus clases en el “Normal Superior del Nordeste Santa Teresa” y enterada del novedoso regalo que había recibido su hermana, la niña también se sumó impaciente a la espera y empezó a elaborar su hipótesis. En su imaginación, la pequeña de siete años  llegó a creer que Alberto Cristóbal le había regalado a Begoña la lámpara de Aladino y en su interior estaba el genio, ansioso por salir para cumplir los tres deseos; por ende, no dudó en pedirle a su hermana que le permitiera hablar con el genio, para pedirle que en el colegio las monjas carmelitas le dieran más clases de dibujo y menos de religión, porque estaba cansada de tanto rezar.

   

A pocas cuadras de la casona de los Echavarría-Iribarren, en la calle de “Los Milagros”, Raúl Ruiz Reyes, mejor conocido como “El Triple R”, también había cumplido con su papel de mensajero de Alberto Cristóbal, dejando otro regalo en casa de la familia Restrepo, donde le entregó a Pepita Restrepo una caja igual a la anterior, pero con una rosa de terciopelo rojo en la tapa.  Pepita aún no salía de su asombro por haber recibido un regalo del muy escurridizo Alberto Cristóbal, quien siempre evadía elegantemente sus insinuaciones, pues ella desde que lo conoció no hacía más que asediarlo para conquistarlo.

Él había llegado a Yolombó para dirigir los trabajos en unos sembradíos de plátano que pertenecían a su familia y además de ser un atractivo agricultor, era parte del clan de “Los Vélez B”, formado por una de las familias ganaderas más prominentes de Antioquia; siendo por ende un soltero muy codiciado por la poco agraciada y ambiciosa Pepita Restrepo, quien se dispuso sin mucha parsimonia a abrir de inmediato su regalo...

 

En casa de Begoña todo era emoción, ya don Aitor Heriberto Echavarría Mondragón había llegado y, tras conocer la buena nueva del regalo que se movía, fue al comedor para observar la dichosa “caja mágica”. Se le acercó y poniendo su oreja cerca para escuchar el ronquido que emitía, llegó a una conclusión:

       –Yo creo que es un adorno con pilas y, para mí, es una muñequita vestida de bailaora porque esos saltos se parecen al zapateo de las bailaoras de flamenco y con ella hay un toro, porque ese sonido es igual al de uno de verdad. Se los digo yo, que tengo ganado de lidia.

Seguidamente don Aitor ordenó servir la cena y cuando estuvo con su esposa Séfora y sus hijas sentados a la mesa, desde la cabecera y con actitud paternal le dijo a su hija mayor:

        –Bueno, Begoñita, abra el regalo que le mandó su novio porque a mí también ya me está dando mucha curiosidad. 

Begoña se levantó y tomó el regalo en sus manos, con una tijera cortó por debajo las cintas entrecruzadas, y antes de quitar la tapa de la caja miró con parsimonia a su padre como pidiendo su aprobación, y él con gesto complaciente le indicó que destapara el obsequio... En ese momento los ojos verde aceituna de Begoña se llenaron de asombro y con un ensordecedor grito estremeció la casa.

          –¡¡Aaaaaahhhhhhhhhhhhhhhhh!!






Doña Séfora, don Aitor y la pequeña Arantxa se quedaron paralizados del susto, cuando de la caja saltó un gran sapo marrón y buchón, que se posó en el centro de la mesa y con sus ojos brotados miraba fijamente a Begoña. El animal de un salto se trepó al cuello de ella y le pasó su rasposa lengua por los labios, luego con otro gran salto se instaló en la bandeja de la ensalada que reposaba en el ceibó. Don Aitor no podía creer semejante burla y doña Séfora, enardecida, pidió a gritos a sus sirvientes que le trajeran una escoba para acabar con semejante plaga. Escoba en mano, Séfora persiguió al animal, que con rápidos saltos pisó toda la vajilla dispuesta en la mesa, y salió dando repetidos crua crua por la casa. La pequeña Arantxa del susto se escondió debajo del comedor, y mientras tanto Begoña se fue a su cuarto a llorar; don Aitor buscó su escopeta en su dormitorio y cuando llegó a la sala, donde Séfora inútilmente trataba de matar al escurridizo animal a punta de escobazos, gritando le preguntó:

      –-¿Dónde está ese bandido?, ¡porque ahora mismo me las va a pagar!

      –-Hombre, tampoco es para tanto, yo con esta escoba lo acabo en un dos por tres y si no, llamo a la cocinera y a todo el personal de servicio de esta casa, para atrapar a ese sapo baboso.

      –-Mujer, ¿y quién te dijo que estoy hablando del sapo? Yo me refiero al animal de Alberto Cristóbal que hasta hoy le dura la cédula, porque de mi hija nadie se burla...

–-No, hermanos, ¡dos mujeres, ni de vaina! –-, dijo Alberto Cristóbal a sus amigos Andrés Rosario Henao y José Darío Montoya, con quienes chupaba aguardiente en la cantina “Las Tres Gracias” en la calle de “Los Perdidos”, cuando le preguntaron cómo iba a hacer para quitarse a la fea de la Pepita Restrepo de encima y seguir su noviazgo con Begoña. Al fondo se escuchan los boleros de Julio Jaramillo que sonaban en la rocola del local, y Alberto Cristóbal, quien andaba bien perfumado con su cabello negro peinado con gomina al estilo de Carlos Gardel, y vistiendo un traje azul marino con una rosa roja en la solapa, al respecto comentó a sus amigos:

    –-La bruja de la Restrepo ya me tiene harto, de tanto jaleo. Esa vieja desde que me conoció no hace más que arrastrarme el ala con tanta coqueteadera y yo estoy de lo más encarretado de la Begoñita. Esa vasca es la mujer de mi vida, y aunque dicen que esa gente de las vascongadas tiene un genio de los mil demonios, yo soy un paisa verraco y echao pa´lante. Fíjense en que a sus cuchos ya los tengo conquistados. Entonces para quitarme a la Restrepo, aproveché que estamos próximos al día de los enamorados y le mandé un regalo que cuando ésa vieja lo abra, no va a querer saber más de mí en esta vida, ni en las próximas. Por si la bruja esa cree en la reencarnación.

       –-¡Hombre, un regalo! ¿Y qué puede servir para espantarla? –-preguntó Andrés.

       –-Pues haciendo gala de mi romanticismo –dijo con ironía–, le mandé un sapo vivo, envuelto en una primorosa caja. A ver si la bruja ésa  lo transforma en su príncipe azul. ¿Se imaginan la cara que pondría Pepita cuando vio al crua, crua salir del paquete?  ¡Ja., ja, ja, ja, ja!. –-,comentó muerto de la risa Alberto Cristóbal, mientras se chupaba su trago de aguardiente.

       –-¡Ave María, pues!, ¿y usted mismo entregó ese regalo? ¿No le dio miedo pensar que esa vieja tan fea lo podía embrujar a usted del tiro? –-,inquirió José Darío.

       –-No, chino, yo encomendé a “El Triple R”, para entregar los paqueticos.

       –-¿Los paqueticos, cómo así? –-,preguntaron los dos hombres.

      –-Sí, hermanos, porque aprovechando la proximidad de San Valentín, también le pedí a Raúl que le entregara un regalo a Begoña, a quien le envié un perfume mágico con una cadena de oro y su dije de esmeralda. 

       –-¡Hombre!, ¿y cómo así que un perfume mágico? –-, preguntó Andrés.

       –-Sí, la fragancia tiene poderes y se la compré a un gurú hindú, cuando visité las tierras que tengo en Alejandría, “La Perla del Nare”, y éste me la preparó con flores exóticas del Amazonas,  especies de la India y unas gotas de mi perfume, asegurándome que a la mujer a quien se lo obsequie, tras usarlo se enamorará perdidamente de mí. De todas formas, y como hombre prevenido vale por dos, compré las joyas a uno de los mejores orfebres de Medellín. Pues si el perro es el mejor amigo del hombre, las joyas lo son de las mujeres, y si el perfume no funciona, de seguro el oro y la esmeralda harán lo suyo. Con esos regalos me gané mis buenos puntos con Begoña. Bueno, mis hermanos, me marcho, porque voy a ver a Begoña y con estas cajas de habanos y bombones también me terminaré de ganar la buena fe de don Aitor, doña Séfora y la pequeña Arantxa.

Muy contento se despidió Alberto Cristóbal y se marchó dispuesto a compartir una velada inolvidable en el hogar de su amada.

En casa de los Echavarría-Iribarren, don Aitor estaba furioso; doña Séfora, junto a una de sus empleadas, andaba tras el sapo con una escoba para acabarlo; Begoña no paraba de llorar, y Arantxa seguía en silencio los acontecimientos.

Cuando don Aitor se disponía a salir en busca de Alberto Cristóbal, tocaron la puerta y al abrirla se encontró con él, que llevaba un bouquet de rosas rojas, los puros y los bombones. Alberto Cristóbal muy sonriente saludó a su enfurecido suegro, quien apuntándolo con la escopeta le increpó:

–¡A ti te quería ver! ¡Conque burlándote de mi hija! Pues ahora mismo te haré tragar tu ofensa con balas.

Iba a darle el primer disparo cuando Séfora por detrás lo sujetó, y la bala pegó contra una de las vigas del techo. Alberto Cristóbal, sin comprender lo sucedido, pero viendo la furia de su casi suegro, quien tras forcejear con su mujer estaba dispuesto a borrarlo del mapa, salió corriendo de la casa y dejando tirado en el suelo los regalos, en ese momento “salvar su pellejo” era lo primero.

Días después, Alberto Cristóbal supo que Raúl Ruiz Reyes, el ahora “triple roedor”, había intercambiado los regalos... En casa de los Echavarría-Iribarren la furia había diezmado y aunque Alberto Cristóbal explicó lo sucedido, Begoña nunca lo perdonó, argumentando “que ella no comía cuentos” y él no tuvo más remedio que renunciar al amor de su novia, por culpa del bromista de Raúl, quien se excusó diciendo que cuando repartió los regalos estaba medio bebido, y sin querer los intercambió.  

Lo peor para Alberto Cristóbal no fue el fin de su noviazgo con Begoña, por el cual “chilló más que un costalao de pollos”, sino que el perfume mágico funcionó... Y a partir de ese momento tuvo que soportar el constante asedio de Pepita Restrepo, quien se dedicó a perseguirlo por todos los rincones de Yolombó, Alejandría, Yarumal y a cuanto pueblo antioqueño Alberto Cristóbal se iba.





El sapo al final de tanta persecución casera logró el indulto de la bondadosa Begoña, quien le pidió a su mamá que no lo matara porque el animalito no tenía la culpa. En realidad, a Begoña le había gustado tanto el baboso lamido que el animal le dio en la boca, que desde ese día lo dejó escondido en su cuarto y todas las noches antes de dormir lo besaba y le leía historias de amor, esperando que algún día su muy romántico Carlos Arturo I, nombre con el cual lo bautizó, se convirtiera en el príncipe de sus sueños.





                                                                      

                                                                          Fin




Vocabulario: Términos y expresiones antioqueños

“Arrastrar el ala”: En plan de conquista.

“Cuchos”: Padres.

“Chillar más que un costalao de pollos”: Cuando un paisa se lamenta.

Chupar : Beber.

Encarretado: Enamorado

“No comer cuentos”: No convencerse fácilmente.

Paisa: Gentilicio de los nacidos en Antioquia, igual que antioqueño.

Verraco y echao pa´ lante: Valiente, trabajador.

Yolombó: Pueblo del nordeste del Departamento de Antioquia, a 118 Kms. de Medellín, fundado en 1560, está a 1.450 metros sobre el nivel del mar y es conocido como “La Tierra de La Marquesa”.

 

NOTA: Este cuento “Regalos Mágicos” de Alejandrina Uribe-Betancourt, forma parte del libro “Once Cuentan en Sábado, el cual fue presentado el 11 agosto de 2005. Este libro  fue publicado por la Universidad de Carabobo, en el que se compilaron cuentos de once narradores que trabajaron durante el año 2004 con la escritora Laura Antillano en sus talleres literarios, siendo Alejandrina Uribe Betancourt, uno de ellos. 

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♥♥♥ Algunas pinturas realizadas por Alejandrina Uribe-Betancourt